Javier Pérez de Albéniz, periodista de El Mundo y editor de El decodificador (que cuenta, aún con todo, con un enlace desde esta misma página) criticaba hace justo una semana al, con diferencia, el mejor programa de Cuatro, Cuarto Milenio (con permiso de Noche Hache).
Apuntándose a la moda “ser escéptico y saberlo todo es guay” que últimamente están llenando páginas y páginas de diferentes weblogs con el único fin de desacreditar a alguien que, como ya dije en su día, su único pecado es disfrutar de su trabajo, el periodista decía textualmente que “la ciencia es el conocimiento cierto y adquirido de lo que existe, de sus principios y de sus causas, que se obtiene por la experimentación y el estudio. Y somos conscientes de que se considera fraude a aquel engaño con el que se perjudica a alguien para beneficio propio.”
Hoy, en medio del frío con el que esta mañana ha despertado Madrid, leía el titular del mismo periódico sólo que en versión impresa: “ETA desarrolló en 2003 un sistema de bombas con móviles como el del 11-M”. Traducción simultánea por parte de Objetivo: Periodismo: “Los españoles se equivocaron al castigar al gobierno de Aznar por la guerra de Irak. Tuvieron que castigar a Zapatero y sus aliados independentistas por el pacto de Perpignan con el terrorismo vasco”.
Un año y ocho meses después del infausto atentado aún queda gente (sin contar a Acebes) que ve vascos donde solo hay integrismo. Y ve relaciones evidentes donde sólo son terribles casualidades (¿a alguien se le escapa que cada terrorismo deba tener un modo de atentar patentado? ¿los coches bombas que a diario explotan en Bagdad implica que las redes de la banda terrorista vasca han llegado al mismísimo Irak?).
Las conspiraciones venden. Son atractivas e intrigantes. Muchas de ellas no son más que especulaciones, creencias, intereses, supersticiones… pero la diferencia entre atraer al público mediante la luz de El Pardal o el exorcismo de Emily Rose y los atentados del 11-M es que, en las primeras se divulga, se entretiene y hasta se incita a la posterior documentación. Con lo último, se juega con la vida de 198 personas.
“Y somos conscientes de que se considera fraude a aquel engaño con el que se perjudica a alguien para beneficio propio.”