Hueco
Dice un viejo proverbio indio que no existe ningún amigo como un hermano, ni tampoco un enemigo como un hermano. Muchas veces odiados (las menos) y otras tantas (las más) necesitados y queridos, los hermanos quizá conformen la única parte de la familia de la que sabes que nunca te vas a separar.
Por ley de vida o afinidad generacional, llámenlo como quieran, sabes que siempre van a estar ahí. Bien complicándote la vida con sus diferentes modos de ver las cosas o aportándote esa carencia que ningún otro amigo puede darte en la calidad que lo hace un hermano.
Yo me he pasado los últimos 23 años de mi vida pensando que, como el pequeño de la familia que soy, tenía el derecho a disponer de aquello cuanto quisiese cuando me diese la gana sin miedo a que algún día acabase. La puerta de la habitación de mi hermana siempre iba a estar ahí, con su escrito repleto de gadgets de papelería que me hacían perder, literalmente, la cabeza.
Su cadena de música, sus fotos, sus recuerdos. Todos expuestos como en un museo perpetuo que creía nunca iba a desparecer. Pero los años pasan, y los hermanos maduran, y descubren que llega un momento en la vida de toda persona que necesitan vivir el discurrir de sus rutinas con otra persona que les hace más feliz, siendo secuestradas (en el mejor sentido de la palabra, si lo hubiere) de quien se creía con la perpetuidad de su compañía y su mano.
Hoy su habitación suena a un hueco de mudanza que sólo había escuchado en mi casa cada vez que habíamos hecho una reforma o pintado las paredes que con el tiempo y nuestras trastadas habían engrisecido. Demasiado espacio libre para una habitación que ha albergado tanta sabiduría, alegrías y dolor al mismo tiempo.
Demasiado silencio como para rellenarlo apresuradamente y hacer como que aquí no ha pasado nada. Porque efectivamente, en esa habitación, ya nunca pasará nada.