May 30 2006
Juanan, Cándido I de España
El pasado domingo finalizaba en el más absoluto de los silencios el mejor reality show que la televisión ha dado hasta el momento. No, no se trata de Operación: Triunfo, ni de Supervivientes (y menos cambiando a Íñigo por Paula Vázquez). Ni tan siquiera es ¿Cantas o qué?. Me estoy refiriendo al único y muy seguramente irrepetible, El Show de Cándido de La Sexta.
El concurso, basado en el famoso programa The Joe Schmo Show se definía como el primer reality en el que nada es real. Para empezar habría que preguntarse qué reality show es sincero, primero con los espectadores y después con los propios concursantes. Sólo por el mero hecho de poder ver un programa que se reía de un género inacabable merecía la pena seguirlo con atención.
Y lo cierto es que, personalmente, no sólo no me ha defraudado sino que, he de reconocerlo, me acabó enganchando.
Como parodia que es, en el programa no han faltado los momentos bochornosamente zafios, baratos y escatológicos, generalmente presentes de forma más o menos natural entre los concursantes pero exagerados hasta el infinito en Villafortuna, el falso concurso en el que el bueno de Juanan, su protagonista, ha creído estar concursando. Pero también ha habido tal cantidad de situaciones hilarantes y perfectamente guionadas que bien merecerían su reconocimiento como comedia de situación. Y todo esto, a priori, a espaldas del bonachón concursante.
Con un elenco de actores/personajes a cada cual más histriónico donde un excelecente Julian Weich en el papel de presentador desquiciado y borde sobresalía y el paso de las pruebas a superar (especial atención merecía la capa de inmunidad de leopardo) se iban superando en absurdez, el programa y por ende, su mentira, llegaba a su fin en un especial donde se desvelaba toda la farsa. No sin antes, eso sí, hacerle sufrir (¿no era ya suficiente?) un poco más al crédulo bilbaino, que veía ante sus ojos como un chulo conflictivo le ganaba en la gran final del concurso.
Lo mejor de todo el concurso es comprobar cómo todavía queda gente con la suficiente paciencia y aguante para soportar los momentos, en ocasiones, muy humillantes. Lo peor, como suele ser normal en esta clase de eventos, el director, que parecío establecer un símil demasiado evidente con el Christof omnipotente de El Show de Truman.


