Caía la noche sobre el Paseo de la Castellana cuando se formaban las primeras filas de incondicionales de El Flaco en las inmediaciones del Palacio de Congresos de la Comunidad de Madrid. El recinto, según las propias palabras de Sabina, trataba de recuperar la tradición de los teatritos en donde Javier Krahe y él mismo comenzaron a hacer sus primeras actuaciones bajo el nombre de la Mandrágora.
Tras 10 minutos de obligado retraso se apagaron las luces. Y comenzó un concierto que, con susto gijonés incluido, parecía que no iba a llegar nunca.
Abrió la noche Panchito Varona que seguidamente dio paso al jienense de nacimiento y madrileño de adopción que con paso chulesco y firme entró al escenario. Y la audiencia se puso de pié. Y aplaudió. Y se emocionó. Y apenas nos volvimos a sentar. Era Sabina en estado puro. Canalla, burlesco e irónico no perdió la ocasión para dar lo suyo a Federico Jiménez Losantos, al que utilizó para dar paso a la canción “En pie de guerra” (huelga decir el por qué). Apenas tocó tres piezas de su último disco (“Pájaros de Portugal”, la mencionada en Pie de guerra” y “Resumiendo”) para centrarse en hacer un repaso a su amplia y dilatada discografía.
Y en esta no se olvidó de ninguna. Desde 19 días a 500 noches, a un emocionado y sentido homenaje a las víctimas del 11-M de Santa Eugenia, el Pozo y Atocha, donde nos bajamos y nos quedamos todos al escuchar el punto y final a una noche inolvidable. Pero la comunión alcanzada con el público no le permitió alejarse mucho del escenario. Al grito de “¡Eh Sabina, así no se termina! y tras aparecer Antonio García de Diego para cantar “A la orilla de la chimenea”, el más grande regresó, sin miedo a quedarse sin fuerza en sus maltrechas y maltratadas cuerdas vocales. Y comenzó una segunda parte del concierto que fue la simbiosis perfecta entre cantante y público. No se limitó a cantar un par de ellas para cumplir. Llegó más lejos y cantó siete más (con otros tantos amagos de la iluminación para tratar de que el público comenzase a irse) entre ellas las más demandadas por todos: Princesa y Calle Melancolía. Cerró con su ranchera más conocida, la responsable de que acabásemos más allá de las diez y las once y de las doce.
Una noche única que, contra pronóstico, no finalizó como si de una despedida se tratase. El genio se ha divertido en esta gira… y no quiere que acabe aquí. Quiere cerrar por todo lo alto. Como los toreros. Y lo hará en Las Ventas, en Septiembre. Y por supuesto, allí estaremos.